Caminos de Antioquia: el camino de Juntas

JuntasyNare

A medida que se alejaba del Magdalena iban apareciendo pequeñas ramificaciones (hacia el sur un ramal hacia San Luis, San Carlos y Granada) y hacia el norte ramificaciones a Caracolí,  Santo Domingo y San Roque) pero el camino principal proseguía hacia Guatapé, Peñol, Marinilla y Rionegro hasta llegar a Medellín.

Desde la fecha en que se abrió este camino, se convirtió en el más importante durante todo un siglo, para comunicar a Medellín con el interior y exterior del país.

Refería Pedro Biturro hacia 1781 que por este camino con cargas desde Honda hasta el sitio de Rionegro”habiendo mulas prontas en Juntas” transitaban en 10 días de buen tiempo y en mal tiempo en 14 días. Que el río Guatapé era el único que necesitaba puente o embarcación para pasarlo por su caudal, y se pasaba usualmente la carga en balsas y las mulas a nado.

Report this ad

CaminodeJuntas

Los viajeros de la época relatan que en las riberas del río Magdalena se encontraban usualmente una gran cantidad de “champanes” cargados con tabaco o cacao, cargas que se pasaban mediante estas balsas, del Puerto de Nare a JUNTAS  en la desembocadura del río Samaná -a donde se habían trasladado las bodegas- y luego se bajaban a tierra.

El trayecto de Nare hacia Juntas se sentía marcadamente, ya que de pasar de deslizarse por el Magdalena, se entraba a las fuertes y turbulentas corrientes del río Nare, y  muchas veces este corto trayecto podía durar más tiempo del planeado.   De acuerdo con las crónicas del viajero sueco Carl Gosselman en 1826, la corriente del Nare era tan dispareja que los champanes a veces no podían continuar  el camino para cruzarlo, teniendo que esperar en la margen izquierda del río;  esto dependía  de la cantidad de lluvia que caía en las montañas. Lo peor del viaje eran los elevados saltos, remolinos y angostos pasos, sumados a la fuerte y pronunciada pendiente, que lo hacía muy peligroso y arriesgado.

Por las condiciones anteriores, las embarcaciones se preparaban de la siguiente manera: el techo de los camarotes se quitaba y las maletas y demás objetos se colocaban en forma tal que nada impidiera el libre paso de los arbustos que se iban a encontrar en la travesía, y la carga se distribuía de manera que el barco quedara lo más liviano posible. Se   aprovisionaban con un cable de diez metros, confeccionado con pita, que era indispensable para pasar por los lugares de difícil acceso.    Avanzaban hasta llegar a NUS, casi en la mitad del camino entre Nare y Juntas; allí había una bodega y había que pagar un pequeño impúesto de aduana.

El recorrido en este trecho no era tan complicado, sin embargo, se atravesaban varios saltos menores y algunos remolinos, que en ocasiones exigían el uso del cable: en esos casos,  un muchacho se lanzaba al agua con el cable entre los dientes, y nadaba hasta una playita cercana donde lo amarraba alrededor del tronco de un árbol, mientras los bogadores trabajaban por ambos lados, dando impulso a la nave con sus palos. El cable hacía el papel de freno de la embarcación, para que no fuera arrastrada. Este paso exigía una adecuada y concentrada maniobra del timonel, por lo que generalmente se hacía en silencio, para poder gritar las instrucciones necesarias a la tripulación y viajeros.

Se continuaba la travesía desde Nus atravesando el río, cercado de paredes rocosas y remolinos en el agua, y en un punto en que disminuye el ancho del río a la mitad, sobresalía del agua una fuerte roca que arremolinaba y aumentaba la velocidad del agua a su alrededor, la cual debía esquivarse hábilmente, agarrándose incluso de la vegetación de las orillas con las manos.  Una vez superado este último obstáculo, se divisaba la bodega de Juntas, “que cual nido de águilas estaba en la cima de un cerro, rodeada de árboles en el punto donde se unen el río Verde y el Nare”.

JuntasRioVerde

El lugar era el sitio obligado de parada y descanso de las tripulaciones y de todas las embarcaciones, champanes, canoas, bongos, etc., y el punto cúspide de timoneles y bogadores, ya que aquí terminaba en definitiva la molestia del calor sofocante, la humedad y los mosquitos, que eran lo característico del viaje por el río Magdalena.

Siguiendo por la playa derecha del Río Verde y después de un poco de corriente y de una pequeña vuelta, las embarcaciones se acercaban al puerto.

El movimiento de JUNTAS era intenso: en poco tiempo podían reunirse hasta cien peones para recoger la mercancía llegada en el último mes, la cual se cargaba entre hombres y mulas, y era usual el transporte de las personas por medio de cargueros (llamados en este caso “silleteros”)  hacia el interior de la provincia.

El camino por las montañas tenía grandes dificultades, por lo cual era complicado y prácticamente imposible transitar con mulas.  El viaje desde Juntas hasta Ceja de Guatapé era tortuoso y empinado y duraba de tres a cuatro días; allí todo volvía a ser cargado en mulas, pero en muchas ocasiones los peones transportaban las cargas hasta Medellín, Santa Rosa y Antioquia en la margen del río Cauca.

El sendero conducía por angostos pasajes o desfiladeros hacia una mayor altura. Producto del constante pisoteo y del arrastre de las aguas en épocas de lluvias, el terreno se agrietaba cada vez más, de modo que todo se enterraba en ese barro gredoso que se formaba. Tal estado de los caminos impedía avances rápidos y en muchos puntos se atravesaba por lugares profundos y angostos, con sus bordes casi verticales, de modo que para cualquiera se hacia complicado pasar con su carga.

En raras ocasiones el camino era recto; nunca en sentido descendente. De allí que siempre que se alcanzaba una altura esta se encontraba inmediatamente unida a cerros más altos. Desde estas alturas la vista sobre los valles era mínima. La interminable fila de cerros que se entrecruzan, cuyas laderas están cubiertas de bosques, impedian poder extender mucho la visión.

Lograr subir era una verdadera proeza. El terreno lleno de barro solo permitía ser usado siguiendo las huellas que dejaba el pisoteo de los peones en sus interminables viajes. En otro punto del ascenso el agua formaba pequeños torrentes que se llevaban a su paso los puntos de sostén para afirmarse, encontrándose en su lugar un conjunto de piedras de diversas formas y tamaños que habían sido ubicadas en forma de escalinata. Subir por ellas requería pericia. Era preciso usar las manos y dar grandes rodeos para encontrar mejores sitios de apoyo, máxime si las piedras tenían una inclinación de cuarenta y cinco grados hacia la pendiente.

En este punto relata Gosselman: “Luego de bregar durante toda la tarde con el barro de las montañas, los riscos y los profundos desfiladeros, el camino se abrió. Alrededor de las cuatro de la tarde divisamos el pueblo de CANOAS,  situado en un flanco de montaña cubierto de yerba fresca y verde a cuyos pies corría un riachuelo, que presentaba un grato aspecto a la vista, acostumbrada a estar limitada por montañas y bosques impenetrables. Con alguna anticipación a la caída del sol llegamos al poblado.

El camino, como en el día anterior, continuaba siendo ascendente, pero cambió al llegar a una cumbre escarpada, luego de la cual comenzó a descender. Al final de una de sus tantas vueltas logramos observar un puente de madera bajo el cual pasaba una fuerte corriente. Como la gran mayoría de los que hallamos en la ruta, éste parecía, con su techo de paja y sus paredes de madera, una verdadera casa construída sobre el río profundo que bramaba allá abajo. Pero este era raro, ya que pese a ser tan extenso no poseía pilares ni arcos y toda la construcción, reposaba en las vigas largas unidas por el centro del puente en un ángulo casi imperceptible.

Valseadero

El puente se llamaba Balsadero (“Valseadero”), lo mismo que las casas de las cercanías, en una de las cuales vivía el inspector, quien cobraba una pequeña tarifa por todo lo que pasaba por el sitio. Se podía ver un rancho grande para los peones y sus cosas. Este sitio puede considerarse como uno de los más destacados entre Juntas y Ceja. El camino proseguía en descenso y esa mañana pasamos por un riachuelo. Pronto debíamos llegar a Bijagual. Luego de pasar varios riachuelos, a las siete llegamos al poblado, donde nos vendieron un pollo, huevos y chocolate. Este último pronto reemplazó la falta de bebida de la mañana. La comida fue decisiva, ya que nos disponíamos a realizar la parte más dura de la travesía.

goselman

Era el sitio de la más alta unión de montañas, llamado  CUESTA DEL PARAMO (también conocido como Cerro o Cuchilla del Páramo) llamado así por encontrarse a mitad de camino entre Puerto Nare y Medellín y por ser la mayor altura; de hecho este sitio se usaba para avistamiento y reconocimiento de los valles. Desde esta altura se observan los pueblos de Ceja y Peñol, además de Río Negro y Marinilla. Esta última no se distingue muy bien debido a que se encuentra en el fondo del cuadro, al pie de la cordillera que pone límite a la vista. Hacia la izquierda del espectáculo, se levanta una roca inmensa, alta y angosta, que semeja una gris torre riendo de la verde pampa que la rodea. Por su misma soledad parece pertenecer a las rarezas que la naturaleza creadora comúnmente coloca trastornando un tanto su orden, o como si las diseñara por un extraño antojo. En verdad parece ser algo inexplicable.

Aunque la bajada por esta escarpada montaña no era cosa fácil, especialmente debido a la gran cantidad de energías gastadas en la subida, realizamos el descenso en forma rápida, movidos por los deseos de acercarnos más y más al paisaje que se nos ofrecía. Finalmente el camino comenzó a abrirse hasta hacerse un sendero amplio y recto, y en verdad no resultó ser más que una prolongación del cerro.

Pueblo de CEJA de GUATAPÉ. Parece un puerto, pues en él las mercancías vuelven a cargarse para ser llevadas hasta el interior de la provincia. Peones y piernas son reemplazados por mulas y caballos, tornando de este modo el viaje en algo más normal y cómodo.

El viaje se ofrecía como de placer, a lo que ayudaban el hermoso paisaje, el clima agradable y un buen camino, que a medida que ascendía descubría todas sus bellezas, por lo que se hacía más palpable que es difícil comparar la zona entre Ceja y Río Negro con algún otro paraje.

PeñoldeGuatape

Peñol de Guatapé. Acuarela de Henry Price.

El camino tiene una enorme cantidad de vueltas. De improviso, nuevamente tengo a la roca guía frente a los ojos. La pregunta a quien va mostrando el sendero no se deja esperar; solo que la sospecha no ha sido cierta. La respuesta de mi conductor me tranquiliza, y su explicación es que este sendero es uno de los más curvos que puedan darse. En estas alturas lo que se ha avanzado no se puede medir por los pasos que se vayan dando.

Lo grato del viaje se prolongó por toda la tarde. En varias ocasiones nos encontramos con personas que se dirigían a Ceja y Peñol, a pie o a caballo, y cuyas vestimentas de intenso colorido me causaban impresión.

Cuando eran las cinco de la tarde arribamos a PEÑOL.

En sus comienzos el camino se extendía por un vasto campo con espacios para el pastoreo de animales. Esta zona mostraba cierto bienestar, ya que en todas direcciones podían verse casas con sus trozos de tierra, rodeadas de jardines, plantíos y campos de maíz, además de algunos animales, protegidos por cercos que deslindaban las tierras de uno con las del vecino. En todo, resultaba ser un paisaje simpático para el viajero.

El camino comenzó a subir por las laderas cordilleranas, ya empezaban a aparecer los ribetes andinos del nuevo tramo. Posteriormente el sendero fue adquiriendo mayor complejidad, por lo que tuvimos que hacer el trayecto lentamente, incluso detenernos en una de las casas encontradas a la orilla, donde se hizo necesario el descanso.

Rionegro_1857HenryPrice

Rionegro. Acuarela Henry Price. 1857

En un principio se tiene una amplia vista sobre RIO NEGRO,  MARINILLA y toda la planicie hasta los cerros cercanos a Ceja, pero pronto los bosques y la montaña dominan el paisaje. Casi al mediodía llegamos a la cumbre, donde el camino se extendía sobre un plano más parejo y horizontal, en medio de árboles y arbustos que debido a su menor tamaño le daban un aspecto más rígido a la escasa vegetación que existía. Además de todo el frío que hacía, debido a la altura, empecé a darme cuenta de que aún quedaba un tramo por ascender.

Cuando llegamos al cerro de SANTA HELENA, desde donde se tenía una visión impresionante sobre el valle, nos embargó una emoción de belleza inenarrable. Esto era inmensamente más hermoso que lo observado en Ceja, tanto por la altitud como por la riqueza del cuadro que allá abajo se exponía. Si el valle del Río Negro parece el compromiso del país con la hermosura, el que se me ofrecía a la vista era el paraíso. Desde aquí me parecía uno de los escenarios más bellos en que pudiera descansar la vista humana. Su descripción resulta imposible, lo que ocurre cuando debemos usar el lápiz en reemplazo del pincel. Como si el borrador de un cuento inconcluso complementara los detalles de una pintura acabada.

Desde ambos costados del mirador se extendían montañas, bosques, paredes rocosas y abismos que formaban un semicírculo en intenso contraste con la uniformidad de la cordillera lejana, que a medida que avanzaba tomaba tonos de claridad mayor. La vista empezaba a descender por las pendientes y sembrados que alcanzaban tonos de verde claro hasta llegar a los pies de las casas, alamedas y plantaciones que rodean el valle como un anfiteatro que reposa con sonrisa infantil en medio de este jardín ideal. Un sendero con menos pendiente y más ancho, acompañado por altos cactus y flores silvestres nos conducía a la ciudad. Pasábamos por naranjales, dulces y agrios, que con su aroma perfumaban el aire tibio. Pronto las casas comenzaron a encontrarse unas con otras hasta que se perdieron en las calles de la ciudad de MEDELLÍN.”

Medellín

Medellín

Plaza Mayor de Medellín. Simón Eladio Salom. (Medellín, 1833-1860) Ca. 1860. Técnica: Acuarela. Procedencia : Museo de Antioquia. Fotografía: Alfonso Posada. Cartografías para el Bicentenario. Alcaldía de Medellín. Página 24

BIBLIOGRAFIA

Idárraga Alzate, Alvaro. Artículo: “La estrategia militar de Córdoba en Guatapé”. Escritos desde la Sala. Boletín Cultural y Bibliográfico de la Sala Antioquia. No.21. noviembre 2013.

Gosselman, Carl. Viaje por Colombia: 1825-1826. En: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/viajes/viacolom11.htm

Acevedo Latorre, Eduardo. Atlas de Mapas Antiguos de Colombia. Siglos XVI a XIX. Editora Arco. Bogotá, Colombia. Segunda edición. Sin fecha.

Imágen de Medellín tomada de la página web: Legado Antioquia.  https://legadoantioquia.wordpress.com/author/crisisilvar/page/5/

 Acuarelas de Henry Price.

Giraldo Gómez, Alicia Ester. Cornare.  El Río Negro-Nare en la historia progreso y desarrollo de Antioquia. Primera edición. Agosto de 1996.

Previous Post

LOS JUDIOS MARRANOS EN COLOMBIA

Next Post

Esos apellidos en su cédula tienen una historia detrás