Colonizacion Antioqueña

Uno de los movimientos internos de la población de mayor significación en Colombia en el siglo XIX, fue la colonización antioqueña en el occidente colombiano, que llevó al poblamiento del Sur de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, Norte del Tolima, Norte del Valle del Cauca, Chocó y otras regiones de Colombia. Con el advenimiento de la República se engendró el problema de que el territorio no ocupado o «baldío» fue repartido en pago de servicios a la Independencia, lo mismo que como galardón a los jefes legitimistas de la guerra del 40. A las capitulaciones del monarca se yuxtapusieron las concesiones feudales de la República.

Quedó así, la tierra sin aprovechamiento en manos de pocos dueños, sustraída al desmonte y la siembra en vastos latifundios que, a su hora, fueron nueva valla a la expansión y al progreso de la faena agraria. Por otro lado, el pueblo sin oficio era cogido por las «leyes de la vagancia» (de 1840 en adelante) las cuales permitían que los terratenientes de Antioquia engancharan aquellas tropas de sindicados de vagancia y la aplicaran a descuajar selvas en el Cauca, pero sin el incentivo de la propiedad, a manera de colonos gratuitos que se veían compelidos a regalar el trabajo so pena de caer bajo el imperio de la ley.

Se entabló entonces la lucha entre colonos y terratenientes. Fundan aquellos el derecho de propiedad sobre el trabajo y éstos lo basan en un título. La presión de masas obliga a los propietarios a ceder terrenos para caseríos, células iniciales de dominio que eran a modo de bloques cooperativos de producción, consumo y defensa. Las nuevas fundaciones valorizan a su vez los predios circunvecinos, pero estancan su progreso la carencia de vías, pues sus trochas eran despeñaderos de cabras, la dificultad de aprovechamiento de las aguas en las cuchillas donde se emplazaban por razones de estrategia defensiva de los bichos y por los saqueos en las contiendas civiles. Durante ellas Filadelfia, en su desventajosa situación militar, fue saqueada diez veces.

Con la parcelación de la propiedad vino el auge de la agricultura y de la minería; la holgura económica incrementó el intercambio de géneros con Mompós, Mariquita, Honda, Popayán y Quito; aumentó la población (cada pareja tenía en promedio 8 hijos) y se produjo la ocupación de nuevos territorios, la fundación de pueblos y el expansionismo creciente: se inició el éxodo hacia el sur y las selvas del territorio de Caldas empezaron a caer al golpe del hacha conquistadora.

 

Comisión Corografica, Acuarela de Henry Price, Minero y Negociante, Medellin, 1852.

En la epoca de la Independencia (1819) y la Gran Colombia (1820-1830) los principales polos urbanos de Rionegro y Salamina contaban con grandes latifundios (de miles de hectareas) y se dio el fenomeno de lo que se llamo «los cultivadores sin parcela» quienes emigraron hacia el sur, colonizando a su paso. De esta manera, comenzo el nuevo espíritu colonizador de aquel entonces, el cual tuvo multitud de causas:

Una primera de intención política: la necesidad de enlazar de alguna manera a Santa Fe de Antioquia con Popayán, que fueron por algún tiempo los extremos de una sola provincia del Cauca.

Otras de orden social: la falta de tierras de los campesinos del oriente antioqueño (Rionegro, Marinilla y principalmente Sonsón, que padeció una aguda pobreza desde los primeros años de la República); el agotamiento de las minas de oro y su sustituto, la fiebre de la guaquería, suscitada por la extensa difusión que se dio al hallazgo de tesoros legendarios, como los de Maraveles, Pipintá y Calarcá, la fiebre del caucherismo, y por otros no divulgados, pero presentidos; la necesidad de escapar a los reclutamientos de las guerras finiseculares; la expulsión consentida de los varones adultos por familias demasiado prolíficas, incapaces de dar sustento a tantos hijos; y, en fin, el descubrimiento del café como un producto ideal para la colonización de vertiente, para afirmar y dar trabajo al tipo de familia paisa tradicional, y para mantener abierto un mercado externo y unas relaciones comerciales que se habían conquistado con la exportación del oro, a punto de perderse por la reducción drástica en la producción minera.

Fue un movimiento de población en el occidente colombiano, de gentes trabajadoras que desmontaron selvas y fundaron pueblos en la cordillera andina.

En una primera etapa llegaron hasta los Altos de Sonsón(1800), Abejorral (1806) y Aguadas (1808), en las tierras de la Concesión Villegas, en las cuales surgieron estos primeros pueblos de la colonización antioqueña, desde finales del siglo XVIII y en las dos primeras décadas del siglo XIX. En esta marcha los colonos refundaron a Arma Viejo, la cual se habia convertido en una estacion intermedia para arrieros en el camino que va hacia Marmato y Popayan.

Jose Antonio Villegas «El Maestro»

Una segunda etapa se realizó cuando los colonos antioqueños invadieron las tierras de la Concesión Aranzazu, en las cuales surgieron los pueblos de Salamina (1825), Pácora (antes Arma Nuevo, 1832), Neira (1842), Manizales (1849) y Santa Rosa de Cabal (1844). Estos colonizadores debian seguir el Camino del Norte o Camino de la Colonizacion, que desde Abejorral pasaba por Sonson, Salamina, Neira, el rio Guacaica y llegaba a Manizales. A esta ultima ciudad, que en 1852 contaba ya con 3000 vecinos, llego mi tatarabuelo Felix Maria Salazar en 1851, cuando contaba con dos años de edad, traido por sus padres Mariano Salazar Serna y Maria del Carmen Gomez Alvarez desde Salamina, y alla contrajo matrimonio con Maria de Jesus Jaramillo Arango, proveniente de Abejorral, en el año de 1869.

Juan de Dios Aranzazu

Juan de Dios Aranzazu: Nació en La Ceja, Antioquia, en 1788. Respaldó la iniciativa de crear el departamento de Antioquia. Asumió la gobernación en calidad de prefecto en junio de 1832 e instaló más tarde las primeras sesiones de la Cámara de la Provincia de Antioquia. Durante su administración se crearon los municipios de Campamento, Cocorná, Ebéjico, Entrerríos, Girardota y Liborina. Fue precursor de la carretera al mar. También fue presidente de Colombia por encargo entre 1841 y 1842.

La tercera etapa se realizó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se colonizó el Quindío, con el estímulo de la búsqueda de las guacas quimbayas, del caucherismo, de la cría de cerdos, de las guerras civiles y del cultivo del café; así surgieron las ciudades de Pereira, Armenia, Calarcá, Circasia, Montenegro, Caicedonia y Sevilla.

Una cuarta etapa en los finales del siglo XIX desplazó la colonización antioqueña hacia el norte del Tolima, Valle, Chocó y las áreas de los ríos Sinú y San Jorge. El proceso de colonización continuó en el siglo XX hacia el Golfo de Urabá y los Llanos Orientales.

TRAVESIA PARA LA COLONIZACIÓN

Los colonos se movían por las riberas de ríos y quebradas y por el lomo de las montañas para orientarse y estudiar el paisaje; Debían cruzar caudalosos ríos sin puentes, entre ellos el Arma, Chamberí, la Honda y el Tapias. La espesura de la selva impedía la penetración de los rayos del sol por lo cual el suelo permanecía húmedo, formando inmensos pantanos camuflados por la hojarasca, llamados «Tiembla Tiembla» que se convertían en trampas mortales.

En el camino encontraban fauna tipica de la region: serpientes, osos negros con bufidos estruendosos, tigrillos, venados, pavas, conejos, zancudos y mosquitos, con avispas llamadas «quitacalzón» que producían pánico, y con diferentes tipos de hormigas, entre ellas las que hacían rondas para aprovisionarse de comida y ahuyentaban los insectos, serpientes, micos, conejos y a cuantos animales grandes encontraban a su paso..

«A un lado serpientes, alacranes, avispas, tarántulas, cientopies, hormigas, rondadoras, trasgos y fantasmas, diablos y demonios, que aquí va un hombre con hambre».

Los niños eran transportados en silletas a la espalda por los peones, todos abriendo el camino con machete, las vacas ayudaban a trillar el camino, los bueyes transportan enseres, llevaban cerdos, gallinas y perros.

Para pernoctar hacian alto en un claro de la enmarañada selva, descargaban los bueyes, encendian la hoguera para preparar comida (las mujeres) y los hombres armaban un abrigo para la noche. La rutina era: despertar al amanecer, desayunar, recoger, fregar y acomodar enseres de cocina (mujeres) recoger bueyes, cargarlos, preparar silletas, acomodar cosas y marchar. El desayuno consistia basicamente en chocolate de harina en cocos negros.

Tenian muchas prácticas piadosas: rezar el Rosario vespertino, alabados matinales, escapularios y rosarios en pechos de grandes y chicos, bendición de alimentos antes de cada comida y gracias después de la comida. Se aprendía el catecismo «del Padre Astete» (de memoria) y así se transmitía de padres a hijos la fé, los mandamientos, los sacramentos, las obras de misericordia, los pecados capitales, etc.

Usaban vestidos de dril, alpargatas, sombreros de ancha ala, machete al cinto, carriel de nutria terciado en el hombro izquierdo con yesca para el fuego, tabacos impregnados de vainilla, agujas para coser y de arrieria, cabuyas, dinero, y ruana terciada al hombro.

Sufrían la «enfermedad de los fríos» o «fiebres terciarias» que curaban con remedios caseros.

El terreno a colonizar debía poseer los siguientes elementos fundamentales: agua, madera (especialmente guadua), árboles frutales y una rica fauna de animales comestibles. Además se procuraba que el sitio seleccionado tuviese buen clima, prefiriendo las tierras templadas o frías en lugar de las cálidas. Los arboles de Yarumo (de color blanco) indicaban tierra fèrtil. Abundaban otros arboles como: caracolíes, cedros, cominos, dindes y ceibas, y otras plantas como helechos, zarzas, ortiga o pringamosa.

LA VIVIENDA

El testimonio presente más representativo de la época está en la arquitectura doméstica (los colonizadores dejaron en plano secundario las construcciones institucionales y los edificios de Gobierno: la suya era una gesta privada, les importaban primordialmente sus casas, y por concesión, las iglesias.

Esas casas, con algunas particularidades constantes como la sucesión de zaguanes, los portones, contraportones, patios, canceles de comedor, celosías protectoras de los corredores que dan circulación a las alcobas, crecieron con el tiempo a dos pisos, guardando arriba las familias y abajo los negocios, como en la tradición hispánica. Con excepción de las maderas, laboriosamente escogidas y tratadas, se apeló siempre a materiales simples: bahareque, guadua, adobe, teja de barro. El conjunto resultante es armónico y muy funcional, de gran adaptabilidad tanto a suelos planos como inclinados

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